Las derrotas casi siempre traen rabia y desilusión, pero en el caso de Turquía estoy seguro de que habrá varios aficionados que recuerden con cierta sonrisa aquel septiembre de 2023. En un acto de cielo nublado, Turquía empató en casa ante Armenia en un partido que supuso un durísimo golpe al orgullo nacional, y poco después cayó goleada ante Japón.
Precisamente ahí llegó el cambio que hoy tanto se elogia y que ha devuelto a Turquía a un Mundial después de 24 larguísimos años. Stefan Kuntz se marchaba dejando un discurso derrotista, declarando que Turquía estaba condenada al fracaso. Su sustituto fue Vincenzo Montella, quien llegaba tras haber clasificado al Adana Demirspor a competiciones europeas por primera vez en su historia.
Cabeza, corazón y talento, los tres motivos que llevaron a Turquía al Mundial
El cambio de entrenador marcó el punto de inflexión para que Turquía recuperara su gen competitivo y volviera a ser considerada una selección peligrosa en Europa. Con Montella llegaron varios ajustes, pero sobre todo se le permitió trabajar a su manera. El italiano se impuso desde el primer día ante una prensa feroz y debutó con una victoria de visitante ante la siempre complicada Croacia. Esa victoria, junto a la imagen de unión que transmitió el grupo desde el principio, ya daba indicios del éxito que estamos viendo hoy.

Desde entonces, nada ha salido mal: Turquía clasificó a la Euro 2024 como primera de grupo, llegó a cuartos de final, ascendió a la Liga A de la Nations League y, lo más importante, regresó al Mundial.
Obviamente, Montella no construyó esto solo. El italiano no quiso reinventar nada: potenció a Hakan Çalhanoğlu, lo convirtió en capitán y líder del equipo, y le dio las llaves del once titular. Sumó a los chicos maravilla de la generación 2005 (Arda Güler, Can Uzun o Kenan Yıldız), pero también aprovechó el conocimiento adquirido en la Süper Lig para dar total confianza a jugadores como Kerem Aktürkoğlu, Ismail Yüksek, Uğtucan Çakir, Yunus Akgün, Kaan Ayhan o Samet Akaydin. Especialmente a este último, un central que, incluso sin tener muchos minutos en su club, se ha convertido en una pieza clave y casi en la mano derecha del entrenador por su carácter y fiabilidad.
Otro aspecto fundamental, en el que quiero poner mucho énfasis, es el excelente trabajo realizado con los jugadores de doble nacionalidad. En gran parte de Europa, especialmente en Alemania, Países Bajos, Francia o Dinamarca, la población turca es numerosa, y Turquía supo identificar ese talento hace tiempo para evitar que casos como los de Mesut Özil o İlkay Gündoğan (que luego mostraron un patriotismo tardío) se repitieran de forma negativa.

Gracias a una estrategia rápida y efectiva de captación, han logrado alimentar una selección que aprieta fuerte en el sentimiento nacional y trata a todos por igual, sin importar dónde hayan nacido. Jugadores como Orkun Kökçü, Ferdi Kadıoğlu, Mert Müldür, Aral Şimşir, Kenan Yıldız, Hakan Çalhanoğlu o Deniz Gül podrían haber defendido a Países Bajos, Austria, Dinamarca, Alemania o Suecia respectivamente. Sin embargo, Turquía los “fichó” desde edades tempranas y hoy son piezas indispensables de esta generación tan prometedora.
El trabajo no se limitó a contratar un buen entrenador, reducir extranjeros en la Süper Lig o aprovechar la increíble generación del 2005. También se hizo desde los despachos, construyendo una paciencia que antes brillaba por su ausencia. En cualquier otra circunstancia, a Montella lo habrían destituido tras la goleada 1-6 ante Austria o después del 0-6 contra España en septiembre del año pasado. Sin embargo, le dieron confianza. Y él respondió llevando al equipo a cuartos de la Euro y, finalmente, a la ansiada clasificación para el Mundial.
Entendieron algo esencial: en los procesos no hay nada más importante que perder para aprender a mejorar. Esa ha sido, sin duda, la diferencia.


